La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven advirtió en su camarada un cambio notable desde los días del campamento junto a la ribera del río. Ya no parecía medir constantemente la capacidad de su valentía personal. Ya no se enfurecía por cualquier palabra que hiriese su vanidad. Ya no era un joven soldado chillón. Ahora se apreciaba en él una extraordinaria confianza. Mostraba una discreta fe en sus objetivos y capacidades. Y esta seguridad interior, evidentemente, le permitía permanecer indiferente ante los pequeños ataques verbales que los otros hombres pudieran dirigirle.
El muchacho empezó a reflexionar. Se había acostumbrado a tratar a su compañero como a un chico agresivo, cuya osadía provenía de la inexperiencia: irreflexivo, testarudo, celoso y bravucón. Un niño fanfarrón, habituado a pavonearse ante a la puerta de su casa. El muchacho se preguntó ahora de dónde salía esa nueva mirada; cuándo había descubierto su camarada que había muchos hombres que jamás aceptarían someterse a sus caprichos. Por lo visto, había alcanzado un grado de sabiduría desde el que se percibía a sí mismo como algo insignificante. Y el muchacho pensó que en el futuro iba a ser mucho más fácil convivir con su amigo.
La taza de café negro se balanceaba sobre la rodilla de su compañero.
—Bueno, Henry —dijo—, ¿qué posibilidades crees que tenemos? ¿Crees que les daremos una paliza?