La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El muchacho se quedó pensativo unos instantes.
—Anteayer —contestó finalmente con arrojo—, habrÃas apostado cualquier cosa a que tú solo eras capaz de darles una paliza a todos ellos.
Su amigo pareció algo sorprendido.
—Ah, ¿s� ¿Tú crees? —preguntó, dubitativo— Bueno, tal vez sà —admitió, por fin. Luego miró fijamente al fuego con aire humilde.
Al muchacho le desconcertó la sorprendente reacción ante su comentario.
—Oh, no, no lo habrÃas hecho —respondió rápidamente, tratando de retractarse.
Pero el otro hizo un gesto reprobatorio.
—Oh, sÃ, no tiene importancia, Henry —dijo—. Creo que en aquellos dÃas era bastante estúpido —y habló como si hubiesen transcurrido años
Se produjo una breve pausa.
—Todos los oficiales dicen que tenemos atrapados a los rebeldes —añadió, aclarándose la garganta con aire indiferente—. Todos parecen creer que los tenemos justo donde queremos.
—No lo sé —contestó el joven—. Lo que he visto más a la derecha me hace pensar que es justo lo contrario. Desde donde yo estaba, parecÃa que ayer eran ellos los que nos estaban dando una paliza.
—¿Eso crees? —inquirió el amigo—. Yo creà que ayer les habÃamos dado fuerte.