La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Te equivocas —dijo el joven—. ¡Dios!, no vistes nada de la lucha. ¡Nada! —de pronto le asaltó un pensamiento repentino—. Jim Conklin está muerto.
Su amigo dio un respingo.
—¿Cómo? ¿De verdad? ¿Jim Conklin?
El joven habló despacio.
—SÃ, está muerto. Le dieron en el costado.
—¡No es posible! ¡Jim Conklin…, pobre hombre!
A su alrededor surgÃan más fogatas rodeadas de hombres con sus negros utensilios. En una de las más próximas se alzaron de pronto las ásperas voces de una riña. Al parecer dos ágiles soldados habÃan estado burlándose de un hombre grandón y barbudo, hasta que este derramó el café sobre sus rodillas azules. El hombre, encolerizado, lanzó sonoros improperios. Azuzados por su lenguaje, sus atormentadores se enfurecieron con él y le respondieron con insultos llenos de resentimiento. La pelea parecÃa inminente.
El amigo se levantó y fue hasta ellos articulando con las manos gestos pacificadores.
—Vamos, muchachos, ¿qué sentido tiene esto? —les dijo—. Estaremos frente a los rebeldes en menos de una hora. ¿Qué sentido tiene que peleemos entre nosotros?
Uno de los soldados ágiles se volvió hacia él con el rostro enrojecido y violento.