La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Hasta entonces nunca se había visto obligado a enfrentarse seriamente con ese dilema. A lo largo de su vida siempre había dado por supuestas ciertas cosas, nunca había perdido su confianza en el éxito final, ni le habían preocupado demasiado las vías o los medios. Pero ahora se enfrentaba a una contingencia. De pronto se le ocurrió que en caso de batalla tal vez huiría. Tuvo que admitir que, en relación con la guerra, no sabía nada de sí mismo.
Hacía algún tiempo habría impedido que este problema franquease el umbral de su conciencia, pero ahora se sentía obligado a prestarle toda su atención.
Sintió que un conato de miedo invadía su mente. A medida que su imaginación le proyectaba en la batalla, contempló pavorosas posibilidades. Entrevió las amenazas que acechaban en el futuro, pero no consiguió verse a sí mismo plantándoles cara con firmeza. Recordó sus visiones épicas de gloria, pero ante la intuición del tumulto que se avecinaba, sospechó que aquellas imágenes eran imposibles.
Saltó de la litera y, nervioso, comenzó a deambular de un lado para otro.
—¿Por Dios, pero qué me pasa? —se dijo en voz alta.