La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Sintió que en esta crisis sus normas de conducta eran inútiles. Todo lo que sabÃa de sà mismo no servÃa de nada en este caso. Era una incógnita para sà mismo. Comprendió que tendrÃa que probarse de nuevo, como en su adolescencia. DebÃa obtener información sobre sà mismo y decidió que, mientras tanto, se mantendrÃa permanentemente en guardia, no fuera a ser que un atributo suyo desconocido le deshonrara para siempre.
—¡Dios mÃo! —repitió consternado.
Poco después, el soldado alto se deslizó con destreza por el boquete de la entrada. El soldado chillón vino detrás. SeguÃan discutiendo.
—Me parece muy bien —dijo el alto mientras entraba, moviendo las manos expresivamente—, puedes creerme o no, lo que prefieras. No tienes más que sentarte y esperar, tan calladito como puedas. Y pronto comprobarás que yo tenÃa razón.
Su camarada gruñó con obstinación. Por un momento pareció que rumiaba una respuesta contundente. Finalmente dijo:
—Bueno, tú no lo sabes todo, ¿no?
—Yo nunca he dicho que lo sepa todo —respondió el otro, en tono cortante.
Y comenzó a meter objetos en su mochila.
El joven hizo una pausa en su nervioso vaivén, miró hacia abajo a la ajetreada figura, e inquirió:
—Seguro que habrá batalla, ¿eh, Jim?