La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Para el joven los soldados eran como animales empujados a un oscuro foso donde luchar por su vida. Tenía la impresión de que él y sus compañeros, acorralados, estaban enfrentándose a las fieras arremetidas de criaturas escurridizas. Los fogonazos carmesí no parecían hacer mella en los cuerpos de los enemigos; daba la impresión de que eludían los disparos fácilmente, avanzando con habilidad a través de ellos, sin encontrar resistencia.
Cuando, delirante, el joven se figuró que su rifle era un palo inservible, perdió conciencia de todo menos de su odio, su deseo de destrozar la brillante sonrisa victoriosa que podía presentir en los rostros de sus enemigos.
La formación azul, cubierta por el humo, se combaba y retorcía como una serpiente que alguien hubiera pisado. Agitaba sus extremos de un lado para otro en una agonía de miedo y rabia.
El muchacho no era consciente de que estaba erguido sobre sus pies. Ignoraba incluso dónde se encontraba el suelo. De hecho, en una ocasión, perdió el equilibrio y cayó de bruces. Se levantó al instante. Un pensamiento se abrió paso en aquel caos mental. Se preguntó si se había caído por culpa de un disparo. Pero inmediatamente desechó aquella sospecha y ya no volvió sobre ella.