La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Una carcajada ronca y unas palabras despectivas y asombradas le devolvieron a la realidad.
—Tú, idiota del demonio, ¿no sabes parar cuando no hay a qué disparar? ¡Por Dios!
Entonces se volvió y, con el rifle casi en posición de disparo, contempló la formación azul de sus camaradas. Parecían aprovechar aquella pausa para observarle con asombro. Se habían convertido en espectadores. Mirando de nuevo hacia el frente, bajo el humo que se elevaba, vio el terreno desierto.
Se sintió desconcertado por un momento. Entonces apareció en su ausente mirada vidriosa un destello de inteligencia.
—Oh —exclamó al fin, comprendiendo.
Volvió con sus camaradas y se arrojó al suelo. Se despatarró como si hubiese recibido una paliza. La piel le ardía extrañamente y el fragor de la batalla aún resonaba en sus oídos. Buscó a tientas su cantimplora.
El teniente cantó victoria. Ebrio de batalla, se dirigió al muchacho:
—Cielo santo, si tuviese diez mil gatos salvajes como tú terminaba con esta guerra en una semana.
Mientras lo decía, hinchó el pecho con gran solemnidad.