La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Estos acontecimientos habÃan tenido lugar en un perÃodo de tiempo increÃblemente breve, aunque el joven sintió que en el curso de ellos habÃa envejecido. Ahora disponÃa de otra visión de la realidad. Y lo más terrible de todo era comprender súbitamente su insignificancia. El oficial habÃa hablado del regimiento como quien habla de una escoba. HabÃa que barrer una zona del bosque y él se habÃa limitado a indicar qué escoba debÃa hacerlo, en un tono de completa indiferencia hacia su suerte. Era la guerra, estaba claro, pero aún asà resultaba difÃcil de asumir.
Cuando los dos chicos se aproximaban a la formación, el teniente los divisó y le invadió la ira.
—Fleming…, Wilson… ¿Cuánto tiempo necesitáis para coger agua? ¿Adónde habéis ido?
Pero interrumpió su sermón cuando vio sus ojos enormes, cargados de noticias.
—¡Vamos a cargar!… ¡Vamos a cargar! —dijo el amigo del joven apresurándose a propalar las noticias.
—¿Cargar? —dijo el teniente—. ¿Cargar? Bueno, ¡por todos los demonios! Eso es combatir de verdad —en su rostro sucio se dibujó una sonrisa fanfarrona—. ¿Cargar? Vaya, ¡demonios!
Un pequeño grupo de soldados rodeó a los dos jóvenes.