La roja insignia del valor
La roja insignia del valor EL JOVEN MIRABA EL TERRENO que tenía por delante. Su follaje parecía ocultar ahora poderes y horrores. No se había percatado de toda la sucesión de órdenes que había iniciado la carga, pero con el rabillo del ojo vio a un oficial con aspecto de niño acercarse al galope mientras agitaba su sombrero. De pronto sintió la tensión y el aliento de los hombres. La formación cayó ligeramente hacia delante como un muro que se inclinase y con un compulsivo grito ahogado, que quería ser un vítor, el regimiento emprendió su viaje. Durante un instante el joven fue zarandeado y empujado hasta que comprendió que se estaban moviendo, y entonces se lanzó a correr.
Tenía la vista fija en un lejano y prominente grupo de árboles donde pensaba que se enfrentaría al enemigo, y corría hacia allí como si fuera una meta. Se había convencido de que lo importante era pasar el mal trago cuanto antes y corría con desesperación, como si le estuvieran persiguiendo por la comisión de un crimen. Su rostro se endurecía y tensaba en el esfuerzo de su empeño. Sus ojos tenían una expresión violenta. Y con su atuendo sucio y desaliñado, sus enrojecidos y congestionados rasgos coronados por la venda mugrienta y ensangrentada, el fusil balanceándose bruscamente y el equipo estridente, parecía un soldado enloquecido.