La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Pero aquella carga furibunda produjo un suceso delirante. Los hombres, en su insensata acometida, prorrumpieron en esos vítores tumultuosos y vandálicos que, sin embargo, tienen la extraña capacidad de enardecer al mismo tiempo a necios y estoicos. El resultado fue un entusiasmo demencial que no parecía dispuesto a refrenarse ante el granito o el metal. Se trataba de esa clase de delirio que desafía a la desesperación y a la muerte y que es inconsciente y ciego ante el destino. Era la breve pero sublime ausencia de egoísmos. Y tal vez por ello, el joven se preguntó al final qué motivos le habían llevado a participar en aquello.
Poco después, la esforzada carrera devoró las energías de los hombres. Como si lo hubiesen acordado, los que iban en cabeza comenzaron a aflojar el paso. Las descargas dirigidas contra ellos tenían un efecto similar al del viento en contra. El regimiento bufaba y resoplaba. Comenzaba a mostrar titubeos y dudas entre los árboles imperturbables. Los hombres, observando con atención, esperaban a que algunos de los distantes muros de humo se alzaran y dejaran al descubierto el escenario. Como sus energías y su resuello se habían debilitado mucho, volvían a comportarse con cautela. Volvían a ser hombres.
El joven tenía la vaga sensación de haber recorrido varias millas y la impresión de hallarse ante un mundo nuevo y desconocido.