La roja insignia del valor
La roja insignia del valor En cuanto el regimiento dejó de avanzar, la confusa réplica de los fusiles se transformó en un rugido constante. Las orlas de humo, largas y precisas, fueron extendiéndose. Desde lo alto de una pequeña colina salÃan constantes llamaradas amarillas que provocaban en el aire un silbido inhumano.
Los hombres, detenidos, tuvieron la oportunidad de ver a algunos de sus camaradas caer entre gemidos y gritos. Otros permanecÃan en el suelo, en silencio o sollozando. Y, durante un rato, se mantuvieron allà de pie, con los rifles inertes en las manos, contemplando cómo el regimiento era diezmado. ParecÃan aturdidos, estúpidos. Aquel espectáculo los habÃa paralizado, como si les invadiera una funesta fascinación. Observaban aquellas escenas con embotamiento, bajaban la vista, se miraban las caras unos a otros. Era una pausa extraña, y fue un extraño silencio.
Entonces, por encima de los sonidos del tumulto, se elevó el rugido del teniente. Avanzó a grandes pasos con las facciones infantiles negras de ira.
—¡Vamos, idiotas! —bramó—. ¡Vamos! No os podéis quedar aquÃ. Debéis continuar —dijo mucho más, pero la mayor parte no se entendió.
Siguió avanzando con rapidez, con la cabeza vuelta hacia los hombres.
—¡Vamos! —gritaba.