La roja insignia del valor

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Su amigo se le acercó.

—Bueno, Henry, supongo que esto es el fin.

—¡Oh, cállate, maldito estúpido! —respondió el joven sin mirarle siquiera.

A la manera de los políticos, los oficiales se esforzaban por transformar a la masa en un círculo adecuado para afrontar las amenazas inminentes. El terreno era desigual y escabroso. Los hombres se dejaban llevar por el desánimo y se agazapaban detrás de todo aquello que pudiera servir de parapeto de las balas.

Con vaga sorpresa, el joven se percató de que el teniente permanecía en silencio con las piernas separadas, apoyado en la espada como si ésta fuera un bastón. Se preguntó qué habría pasado con sus cuerdas vocales para que hubiera dejado de blasfemar.

Había algo raro en aquella breve y absorta pausa silenciosa del teniente. Era como un bebé que, después de agotar todas sus lágrimas, levantase la mirada para fijarla en un juguete distante. Estaba sumido en aquella contemplación y su labio inferior, fofo, temblaba con las palabras que mascullaba para sí.

El humo perezoso e ignaro se rizaba lentamente. Guarecidos de las balas, los hombres esperaban angustiados a que se alzase y descubriera el trance en el que se hallaba el regimiento.

De pronto, las filas silenciosas se estremecieron con la impaciente voz del teniente, que gritó:


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