La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El regimiento sangraba abundantemente. Entre gruñidos, los azules comenzaron a desplomarse como fardos. El sargento ordenanza de la compañía del muchacho recibió un disparo que le atravesó la mejilla. Rotos sus soportes, la mandíbula se había desprendido y le colgaba, descubriendo en la amplia caverna de la boca una masa palpitante de sangre y dientes. Con todo, el sargento trató de gritar. En su esfuerzo había un pavoroso fervor, como si creyera que un gran aullido le curaría.
El muchacho contempló cómo se dirigía hacia la retaguardia. Sus energías no parecían haber menguado. Corría, veloz, lanzando furibundas miradas de socorro.
Otros caían a los pies de sus compañeros. Algunos de los heridos se alejaban a gatas, pero muchos permanecían quietos, con los cuerpos contorsionados en posturas imposibles.
El joven buscó a su amigo en una ocasión. Vio a un joven vehemente, manchado de pólvora y desaliñado, y lo reconoció. El teniente se mantenía también ileso en su puesto de retaguardia. Continuaba maldiciendo, pero lo hacía ya como si estuviese echando mano de su última provisión de blasfemias.
Porque el fuego del regimiento comenzaba a decaer, se espaciaba. La voz robusta, que había brotado tan extraordinariamente de aquellas tropas menguadas, se debilitaba con rapidez.