La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Y así aconteció que, al alejarse del lugar de la sangre y de la ira, su alma cambió. Pasó de ardientes arados a visiones de tranquilos campos de tréboles y sintió que los ardientes surcos del arado nunca habían existido. Las cicatrices se marchitaron como flores.
Llovía. La procesión de soldados exhaustos parecía un tren sucio, descorazonado y quejumbroso, que marchaba con esfuerzo batiendo el barro líquido y pardo bajo un cielo enfermizo y triste. Y, sin embargo, el muchacho sonreía porque había descubierto que el mundo estaba hecho a su medida, aunque muchos pensaran que sólo se componía de palos y maldiciones. Se había librado completamente de la enfermedad roja de la batalla. La sofocante pesadilla pertenecía al pasado. Se había comportado como un animal lacerado y sudoroso en el fragor y el sufrimiento de la batalla. Regresaba ahora, con el ansia del enamorado, hacia los cielos tranquilos, las verdes praderas, los frescos arroyos… Hacia una existencia de paz dulce y eterna.
Al otro lado del río, un rayo de sol dorado atravesó la legión de nubes plomizas cargadas de lluvia.
