La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven observó cómo corrían los hombres de la escaramuza, perseguidos por el ruido de la fusilería. Al cabo de un rato, se pudieron ver los peligrosos fogonazos de los rifes. Nubes de humo avanzaron lentas e insolentes a través de los campos, como fantasmas vigilantes. El estruendo creció igual que el rugido de un tren que se acerca.
Por delante, a la derecha de donde se encontraban, una brigada entró en acción con un rugido desgarrador. Fue como si hubiese explotado. Y a partir de entonces se desplegó en la lejanía tras un largo muro gris: había que mirar dos veces a ese muro para tomar conciencia de que se trataba de humo.
El joven, olvidando su cuidadoso plan de dejarse matar, contempló aquello como hechizado: sus ojos estaban cada vez más abiertos y más atareados en seguir la acción de la escena; su boca, entreabierta.
De pronto sintió una mano pesada sobre su hombro. Despertó de su trance y se volvió. Era el soldado chillón.
—Es mi primera y última batalla, chaval —dijo este último con gran tristeza. Estaba algo pálido y sus labios femeninos temblaban.
—¿Qué? —murmuró el chico con gran asombro.
—Es mi primera y última batalla, chaval —repitió el soldado chillón—. Algo me dice…
—¿Qué?