La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Más tarde se encontró con un general de división cuyo caballo levantaba las orejas como si le interesara la batalla. La silla y la brida relucían con el amarillo y la piel pulida. Sobre tan espléndida montura, aquel hombre tranquilo aparecía gris, ratonil.
El estado mayor galopaba de un lado para otro provocando un sonido metálico constante. Algunas veces, varios jinetes rodeaban al general. Parecía muy nervioso. Tenía el aspecto de un hombre de negocios cuyas acciones no paran de subir y bajar.
El muchacho se acercó a hurtadillas hasta aquella zona. Se acercó todo lo que le permitió su atrevimiento y trató de escuchar algunas palabras. Tal vez el general, incapaz de comprender el caos, le llamaría para que le diese información. Y él, que lo sabía todo a ese respecto, podría proporcionársela. Era evidente que las tropas estaban en un aprieto; cualquier tonto entendería que si no se retiraban a tiempo, en fin…
Deseó golpear al general o al menos aproximarse a él y decirle a la cara todo lo que pensaba. Era criminal permanecer tranquilamente en aquel lugar y no hacer esfuerzo alguno por detener la destrucción. Deambulaba muy despacio con la febril ansiedad de que le mandara llamar el jefe de división.
Escuchó que el general, irritado, gritaba: