La roja insignia del valor

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CAPÍTULO 7

EL MUCHACHO SE ENCOGIÓ como si hubiera sido descubierto en un delito. ¡Por todos los santos, al final habían ganado! La estúpida formación había aguantado y había vencido. Podía escuchar los vítores.

Se puso de puntillas y miró hacia el campo de batalla. Una niebla amarilla se extendía sobre las copas de los árboles. De debajo llegaba el fragor de los fusiles. Algunos gritos broncos daban cuenta de un avance.

Se alejó sorprendido y enfadado. Sintió que le habían engañado. Había huido, se dijo, porque la aniquilación era inminente. Había hecho bien en salvarse, pues era una piececilla del ejército. Era el momento, se dijo, en que el deber de cada pequeña pieza era salvarse, si ello era posible. Más adelante, los oficiales podrían ensamblar de nuevo las piececillas para formar un frente de batalla. Si ninguna de las pequeñas piezas hubiese sido lo bastante cabal como para salvarse en ese momento de la muerte, entonces, ¿qué habría sido del ejército? Estaba perfectamente claro que había procedido de acuerdo con reglas correctas y encomiables. Sus actos habían sido astutos, determinados por la estrategia: un trabajo maestro.


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