Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Al cabo de un rato llegaron a un barrio siniestro en el que, desde un edificio escorado, una multitud de destartaladas puertas de entrada lanzaba montones de criaturas a la calle y al arroyo. La brisa de un temprano otoño levantaba un polvo amarillento de los adoquines y lo revolvía contra cientos de ventanas. Unos largos tendederos para la ropa ondeaban en las bocas de incendios. En lugares inaccesibles había cubos, escobas, trapos y botellas. En la calle, los niños jugueteaban entre ellos o permanecían estúpidamente sentados en medio de la calzada por donde transitaban los vehículos. Varias mujeres fornidas con el cabello despeinado y la ropa desarreglada cotilleaban apoyadas en las barandillas o bien gritaban en vehementes discusiones. Personajes de aspecto derrotado en actitud de sumisión a algo, fumaban sus pipas sentados en oscuros rincones. Las calles olían a miles de comidas. El edificio temblaba y crujía bajo el peso de la humanidad que pateaba en sus entrañas.
Una niña harapienta arrastraba entre el gentío a un niñito con la cara roja de tanto llorar. Éste se quedaba atrás, a la manera de los bebés, asegurando el paso de sus desnudas y arrugadas piernecitas.
La niña suplicó:
—Vamos, Tommie. Ahí están Jimmie y papá. No tires de mí.