Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle La niña movió con impaciencia el brazo del bebé. Éste se cayó de cara y empezó a gritar. Ella lo levantó de nuevo con un brusco tirón y prosiguieron su andadura. Con la obstinación propia de su condición, el bebé protestó porque lo conducían hacia una dirección determinada. Al mismo tiempo, hacía heroicos esfuerzos para mantenerse erguido, increpar a su hermana y comerse un pedazo de piel de naranja que masticaba entre intervalos de sus infantiles discursos.
Al acercarse el hombre de ojos sombríos, seguido por el muchacho ensangrentado, la niña lo abordó con sus gritos de reproche:
—Caramba, Jimmie, te has metido en otra pelea.
El pilluelo se hinchió de desdén.
—¿Qué pasa contigo, Mag, eh?
Mag lo reprendió:
—Siempre estás metido en líos, Jimmie, y sabes que tu madre se enfada cuando llegas a casa malherido, y lo más probable es que todos nos llevemos una buena tunda.
La niña rompió a llorar. El pequeñín levantó la cabeza y reanudó sus alaridos.
—¡Qué demonios! —exclamó Jimmie—. Cierra el pico o te parto la boca.