Maggie, una chica de la calle

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Puesto que su hermana continuaba lamentándose, profirió un insulto y le dio un golpe. La pequeña se tambaleó, y, cuando se hubo recuperado, rompió a llorar y, tartamudeando, lo insultó. Mientras ella retrocedía, su hermano le asestaba golpes. El padre los oyó discutir, y se dio la vuelta.

—Estate quieto, Jimmie, ¿me oyes? Deja tranquila a tu hermana en la calle. No hay manera de que esa cabeza tuya entre en razón.

El pilluelo alzó la voz con un gesto desafiante hacia su padre y reanudó el ataque. El pequeño chillaba con todas sus fuerzas, protestando con enorme virulencia, a la vez que su hermana se defendía con precipitadas maniobras y lo arrastraba por el brazo.

Al cabo de un rato, la procesión cruzó el umbral de uno de esos horrendos portales. Subieron lentamente por unas escaleras oscuras y atravesaron varios fríos pasillos de aspecto siniestro. Por fin el padre empujó una puerta y entraron en una habitación iluminada que ocupaba una corpulenta mujer atareada.

Ésta se detuvo en medio de una carrera entre una cocina con ollas de agua hirviendo y una mesa cubierta de cacharros. Escudriñó al padre y al hijo, que entraban en fila.


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