Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Mientras pensaba lánguidamente en la mujer radiante y audaz, el barman levantó la cabeza y miró hacia los resquicios de las puertas de bambú. De repente dejó de silbar. Vio pasar a Maggie caminando lentamente. Se asustó, temeroso por la ya mencionada gran respetabilidad del lugar.
Echó una mirada rápida y nerviosa a su alrededor, ya que de pronto se sintió culpable. El establecimiento estaba vacío. Se acercó a toda prisa a la entrada. Abrió la puerta, miró hacia afuera y vio a Maggie, que permanecía con aire indeciso en la esquina. Sus ojos examinaban el lugar.
Cuando se dio la vuelta hacia él, Pete le hizo señas apremiantes, deseoso de volver rápidamente a su puesto detrás de la barra y al ambiente respetable en el que tanto insistía el dueño.
Maggie fue hacia él, la mirada de ansiedad había desaparecido de su rostro y esbozó una sonrisa.
—Oh, Pete… —empezó a decir con alegría.
El barman hizo un gesto brusco de impaciencia.
—¡Dios santo! —gritó con vehemencia—. ¿Qué demonios haces aquí? ¿Quieres crearme problemas? —preguntó con aire ofendido.
Las facciones de la joven reflejaban perplejidad:
—Pero Pete, tú me dijiste…