Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Al oír esas palabras, la mujer intensificó la violencia de la paliza que estaba dando al chico. Al final lo arrojó contra un rincón, donde se quedó sin fuerzas, soltando palabrotas y llorando. La mujer se llevó sus enormes manos a las caderas, y, caminando como un capataz, se acercó a su marido.
—¡Ja! —exclamó con un gruñido de desprecio—. ¿Y por qué demonios metes tú las narices?
El pequeño gateaba por debajo de la mesa, y se dio media vuelta para asomar su cabecita con sigilo. La niña harapienta se batió en retirada, y el muchacho, que seguía en el rincón, encogió tímidamente las piernas.
El hombre seguía aspirando la pipa con parsimonia y plantó sus botas embarradas en la parte trasera de la cocina.
—Vete al infierno —murmuró sin inmutarse.
La mujer se puso a gritar y a agitar los puños ante la mirada de su esposo. El tosco color amarillento de su rostro y cuello pasó al rojo de repente. Comenzó a aullar.
Él volvió a aspirar la pipa, imperturbable, durante un rato y después se levantó para contemplar desde la ventana el caos en sombras de los patios traseros.
—Has estado bebiendo, Mary —sentenció—. Más vale que dejes la botella, mujer, o acabarás mal.