Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —El tipo era un dandy —dijo Pete a modo de conclusión—. Pero no tenÃa que haber armado bulla. Eso es lo que les digo siempre. «No vengáis a mi establecimiento a montar broncas». Se lo digo tal cual. «No creéis problemas».
Mientras Jimmie y su amigo intercambiaban relatos sobre sus proezas, Maggie permanecÃa en la sombra. Sus ojos se fijaban maravillados y ansiosos en el rostro de Pete. De repente, reparó en la presencia de los muebles rotos, las paredes mugrientas y el desorden y la suciedad de su casa. El conjunto entero se convirtió en una poderosa presencia. ParecÃa como si el aristocrático Pete pudiera mancharse. Lo observó atentamente, preguntándose si sentirÃa desprecio. Pero Pete parecÃa absorto en sus recuerdos.
—¡Caray! —exclamó—. Estos tipos no me preocupan. Saben que soy capaz de arrastrar a tres de ellos por las calles.
Cuando dijo «anda, qué demonios», su voz denotaba un profundo desdén por lo inevitable y un desprecio por todo aquello que el destino le deparara.
Maggie se dio cuenta de que en Pete encontrarÃa a su hombre ideal. Sus pensamientos confusos solÃan recrearse en tierras lejanas donde, tal como dice Dios, las pequeñas colinas cantan al unÃsono por la mañana. Bajo los árboles de sus jardines de ensueño, siempre se paseaba un enamorado.