Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle La inmensa multitud parecía recién salida de su trabajo. Había hombres de manos callosas vestidos con ropa que denotaba el desgaste de una vida de interminable y afanoso quehacer. Fumaban sus pipas con satisfacción y se gastaban cinco, diez o tal vez quince centavos en cerveza. Había unos cuantos hombres aquí y allá que llevaban guantes de cabritilla y fumaban puros adquiridos en otro establecimiento. Era evidente que la mayoría de parroquianos se dedicaban a un trabajo manual. También podía verse un corrillo de alemanes que descansaban plácidamente acompañados de sus esposas y de dos o tres niños. Escuchaban la música con la misma expresión que las vacas satisfechas. Un grupo de marineros de un barco de guerra, la viva estampa de la salud, pasaron las primeras horas de la noche alrededor de los pequeños veladores. De vez en cuando se oían las peroratas de los hombres achispados por la bebida y henchidos por la importancia de sus opiniones. Se limitaban a mantener conversaciones serias y confidenciales con sus interlocutores. Arriba en la galería, y en algunas secciones de la planta baja, brillaban algunos rostros femeninos impasibles. Todas las nacionalidades que convergían en el Bowery lanzaban sus miradas sobre el escenario. Pete avanzó agresivamente por uno de los pasillos laterales y se sentó con Maggie a una mesa situada bajo la galería.
—¡Un par de cervezas!