Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Se recostó sobre su asiento para contemplar el entorno con cierto aire de superioridad. Esta actitud tuvo un poderoso efecto sobre Maggie. Un hombre capaz de contemplar semejante espectáculo con indiferencia tenÃa que estar acostumbrado a ver cosas maravillosas. Era evidente que Pete habÃa estado allà muchas veces y que el lugar le resultaba familiar. Al reparar en este hecho, Maggie se sintió empequeñecida y novata.
Pete, en cambio, mostraba unos modales sumamente agradables y atentos. Desplegaba todas las cortesÃas de un caballero que sabe cómo hay que comportarse.
—¡Qué demonios! ¡SÃrvele a esta señorita una copa como Dios manda! Esta pequeña no sirve para nada.
—Venga, hombre, no se sulfure —contestó amablemente el camarero mientras se alejaba.
—¡Anda ese! —criticó Pete a espaldas del empleado.
Maggie se percató de que Pete desplegaba ante ella toda su elegancia y saber sobre el comportamiento de la clase alta. Su corazón se enterneció ante tal deferencia.