Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Maggie permanecía de pie en el centro de la habitación, y contemplaba la escena. Se acababa de producir el acostumbrado cataclismo con las mesas y las sillas. Había cacharros rotos esparcidos por todas partes. La cocina estaba desplazada y apenas se sostenía en pie. Se había caído un cubo y el agua se había desparramado en todas direcciones. Pete abrió la puerta y se encogió de hombros:
—¡Dios mío! —exclamó.
Se acercó a Maggie y le susurró al oído:
—¡Qué demonios, Maggie, salgamos a pasarlo bien!
La madre seguía recostada en un rincón. Levantó la cabeza y sacudió su cabellera despeinada.
—Al infierno con los dos —dijo fulminando a su hija con la mirada desde la oscuridad. Sus ojos parecían arder de forma siniestra—. Te estás echando a perder, Mag Johnson, lo sabes perfectamente. Eres una desgracia para los tuyos, maldita seas. Y ahora, vete con ese chulo. Vete al infierno con él y espero no volverte a ver. Vete al infierno y a ver qué tal te va.
Maggie se quedó mirando un buen rato a su madre.
—Vete al infierno y a ver cómo te va. ¡Vete, no quiero chicas como tu en mi casa! ¡Vete! ¿Me oyes? Maldita seas, ¡vete!
La joven se echó a temblar.
En ese momento, Pete se acercó.