Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Pete, enfundado en una chaqueta blanca, estaba detrás de la barra, inclinado en actitud expectante hacia un cliente muy callado.
—Una cerveza —pidió el hombre. Pete sirvió un vaso recubierto de espuma y, mientras aún goteaba, lo colocó sobre la barra. En ese momento, las ligeras puertas de bambú de la entrada se abrieron de par en par hasta estrellarse contra los paneles laterales. Jimmie entró con un acompañante. Se acercaron al bar pavoneándose con una pose beligerante y contemplaron a Pete con ojos turbios y parpadeantes.
—Ginebra —pidió Jimmie.
—Ginebra —repitió el acompañante.
Pete hizo deslizar una botella y dos vasos a lo largo de la barra. Con la cabeza inclinada, empezó a pulir con gran diligencia la madera reluciente de la superficie. Su mirada tenía una expresión vigilante.
Jimmie y su acompañante miraban fijamente al barman y conversaban en voz alta con un tono de desprecio.
—¡Es un conquistador, por Dios! —exclamó Jimmie.
—¡Ya lo creo! —apuntó el acompañante esbozando una sonrisa burlona—. Es un tipo serio. Mírale la cara… es como para que se te pongan los pelos de punta en plena noche.
El forastero silencioso se apartó y mantuvo una actitud totalmente desinteresada.