Maggie, una chica de la calle

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Mantenían la cabeza agazapada entre los hombros y movían los brazos con increíble rapidez. Los pies arañaban el suelo pulido. Los golpes dejaban manchas rojizas en la piel pálida. En menos de un minuto cesaron los insultos. Los labios de los luchadores dejaban escapar los silbidos de su aliento, y los tres pechos palpitaban con intensidad. De vez en cuando, Pete lanzaba siseos apagados y jadeantes, como si expresaran el deseo de matar. El compañero de Jimmie balbuceaba como un loco herido. Jimmie permanecía en silencio, luchando con la misma expresión de un sacerdote que llevara a cabo un sacrificio ritual. Los ojos de los tres jóvenes brillaban de rabia mientras agitaban los puños enrojecidos.

En un momento de titubeo, uno de los puñetazos de Pete golpeó al compañero de Jimmie y este cayó al suelo. Se levantó al cabo de unos instantes, y, después de asir el vaso del forastero desaparecido, lo lanzó contra la cabeza de Pete.

Estalló contra la pared como una bomba, esparciendo fragmentos en todas direcciones. Hasta aquel momento las manos de los hombres habían estado vacías de proyectiles, pero de pronto los vasos y botellas comenzaron a volar por los aires. Los lanzaban a quemarropa a las cabezas. La pirámide de vasos resplandecientes, que nunca se tocaban, se transformó en una cascada cuando impactaron varias botellas contra ella. Los espejos quedaron reducidos a añicos.


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