Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Incluso sentado parecía pavonearse, y por el modo como escupía demostraba que era un león de talante señorial.
Se enorgullecía de dar órdenes a las camareras mientras Maggie lo contemplaba extasiada, pero éstas eran o indiferentes o sordas.
—¡Venga, moveos! ¿Qué demonios estáis mirando? Dos cervezas, ¿me oís?
Se repantingó y contempló con mirada crítica la figura de una joven con peluca de un tono rubio paja que movía los pies sobre el escenario en una torpe imitación de una célebre bailarina.
En ocasiones, Maggie hacía largas confidencias a Pete sobre su vida, describiendo con todo lujo de detalles las hazañas de sus familiares y las dificultades que ella había tenido que superar para conseguir un mínimo de bienestar. Él respondía con una entonación cercana a la filantropía. Le estrechaba el brazo con gesto de tranquilizadora posesión.
—Son buenas piezas —decía en alusión a su madre y hermano.