Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Mag, eres preciosa —exclamaba, observando su rostro entre las volutas de humo. Maggie tenÃa miedo de los hombres, pero se ruborizaba al oÃr las palabras de Pete y darse cuenta de que era la niña de sus ojos.
Varios hombres de pelo canoso, que exhibÃan una patética actitud de disipación, también la observaban a través del humo. Los jóvenes de mejillas tersas, algunos con los rostros endurecidos y de bocas pecaminosas, que no alcanzaban en patetismo a los hombres canosos, trataban de captar la mirada de la joven entre los torbellinos de humo. Maggie consideraba que ella no era lo que ellos pensaban. Se limitaba a mirar a Pete y al escenario.
La orquesta tocaba melodÃas negras y un baterÃa versátil golpeaba, vapuleaba, repiqueteaba y arañaba varios instrumentos con tal de hacer ruido. Las miradas de los hombres, lanzadas furtivamente con los párpados entrecerrados, hacÃan temblar a Maggie. Pensaba que todos eran peores que Pete.
—Venga, vámonos —dijo ella.
Al salir, Maggie reparó en la presencia de dos mujeres sentadas a una mesa con varios hombres. Iban maquilladas y sus mejillas habÃan perdido redondez. Al pasar junto a ellas, la joven, con un movimiento de retroceso, recogió su falda.