Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —¡Verás! —soltó Jimmie con tono amenazador.
—¡Verás tú! —repitió el otro niño.
Ambos se abalanzaron uno contra el otro, y se enzarzaron en una pelea que les hizo a rodar sobre los adoquines.
—¡Aplástalo, Jimmie, arráncale las entrañas! —gritaba encantado Pete, el muchacho de la mueca despectiva.
Los pequeños combatientes se zurraban y se daban puntapiés, se arañaban y se desgarraban. Se echaron a llorar, y los insultos se ahogaban en sus gargantas por los sollozos. Los otros niños apretaban las manos y agitaban las piernas debido a la excitación que les producÃa la escena. Formaban un agitado cÃrculo a su alrededor.
De pronto, uno de los pequeños espectadores perdió los nervios.
—¡Rájalo, Jimmie, rájalo! ¡Que viene tu padre! —gritó. El corrillo de chicos se disolvió al instante. Se apartaron y esperaron aterrorizados lo que creÃan que iba a suceder. Los dos chicos, que luchaban del mismo modo que lo hicieran otros hombres cuatro mil años atrás, no se percataron de la advertencia.
Por la avenida caminaba, pesada y lentamente, un hombre de ojos sombrÃos. Llevaba una fiambrera y fumaba una pipa de madera de manzano.