Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Jimmie se quedaba paralizado ante estas preguntas. No podía concebir cómo, dadas las circunstancias, la hija de su madre y su propia hermana podía haber sido tan perversa. La madre bebió un sorbo de una botella que había sobre la mesa. Continuó con su sarta de lamentos.
—Tenía mal corazón, Jimmie. Tenía mal corazón y nosotros nunca lo supimos.
Jimmie asintió en un gesto de aceptación de la realidad.
—Vivimos en la misma casa y la criamos y nunca supimos lo mala que era.
Jimmie asintió de nuevo.
—Con una madre como yo y un hogar como este, y se echó a perder… —exclamó la madre, levantando la mirada hacia el cielo.
Un día, Jimmie llegó a casa y, al sentarse, empezó a revolverse con un nuevo y extraño nerviosismo. Al final habló con una expresión de vergüenza en la cara.
—Mira, ¡estamos fastidiados! Creo que sería mejor si, en fin, que pudiera dar con ella para traerla a casa…
La madre se levantó de un respingo y estalló con apasionada furia.