Maggie, una chica de la calle

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—¡Qué Dios la perdone! —exclamaba continuamente. Y recitaba todo el serial de sus penas ante sus atentos oídos—. ¡La eduqué como se debe educar a una hija y así es cómo me lo paga! A la primera oportunidad se echó a perder. Que Dios la perdone.

Cuando la arrestaban por borracha recurría al relato de la caída de su hija, que siempre producía un gran efecto en los jueces. Por último, uno de ellos le dijo, contemplándola por encima de sus gafas.

—Mary, tu expediente en este juzgado y los de otras instancias muestran que eres la madre de cuarenta y dos hijas seducidas. Tu caso no tiene parangón en los anales de este juzgado y pienso…

La madre se pasaba el día derramando lágrimas. Su rostro enrojecido era la viva imagen del sufrimiento. Por supuesto, Jimmie insultó a su hermana públicamente con tal de colocarse en un plano social más elevado. Pero mientras le daba vueltas a la cabeza, llegó sin saber por qué a la conclusión de que su hermana habría sido auténticamente buena si hubiera sabido cómo serlo.

No obstante, tuvo la sensación de que no podía mantener tal opinión, y la descartó rápidamente de su mente.


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