La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes

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Le di las gracias a la señora Brewster y le deseé buenas noches; a pesar de ser una curtida mujer de Nueva Inglaterra, su voz tembló ligeramente al contestarme, y, como era una mujer prudente, entró y cerró la puerta tras de sí mientras yo me dirigía al camino de salida. Miré de nuevo a la pareja en la distancia por última vez, con la intención de bajar por la carretera sin adelantarlos, pero cuando avancé unos cuantos pasos me paré y volví a mirar, porque sabía que había visto algo extraño, aunque sólo fui consciente después. Miré otra vez, y ahora lo vi suficientemente claro, y me quedé petrificado observando lo que veía. Mamie estaba andando entre dos hombres. El segundo hombre era de la misma altura que Jack, siendo ambos media cabeza más altos que ella; Jack a su izquierda con su chaqué negro y sombrero de hongo, y el otro hombre a su derecha… bueno, era un marino ataviado con un impermeable húmedo. Podía ver la luz de la luna brillando sobre las gotas de agua que caían de su cuerpo, y sobre el pequeño charco que se había formado bajo la solapa de su capucha impermeable echada hacia atrás, y uno de sus brazos brillantes y empapados rodeaba también la cintura de Mamie, aunque justo por encima del brazo de Jack. Me quedé clavado donde estaba y durante un minuto creí que me había vuelto loco. No habíamos bebido nada, a excepción de un poco de sidra en la comida y té por la tarde; de no ser así, habría creído que se me había subido el alcohol a la cabeza, aunque jamás en mi vida me he emborrachado. Era más parecido a la resacosa pesadilla de después.


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