La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes

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Me alegré de que la señora Brewster hubiera entrado ya en su casa. En cuanto a mí, no pude evitar seguir a los tres, invadido por la curiosidad de saber qué iba a suceder, de ver si el marinero y sus ropas mojadas simplemente se evaporarían bajo la luz de la luna. Pero no fue así.

Me moví con cautela y más tarde recordé que avancé sobre la hierba en lugar de andar por el sendero, como si temiera que me escucharan. Imagino que, después de eso, todo pasó en menos de cinco minutos, aunque me pareció una hora. Ni Jack ni Mamie parecían advertir la presencia del marino. Mamie no parecía notar el brazo húmedo sobre su cintura, y poco a poco fueron aproximándose los tres a la casa; yo estaba a menos de cien metros de ellos cuando llegaron a la entrada. Algo hizo que me quedara paralizado en ese instante. Tal vez fue miedo, porque vi todo lo que ocurrió tal como te veo a ti ahora.

Mamie puso el pie en el escalón para subir y, cuando se impulsó hacia delante, vi que el marinero aferraba con fuerza el brazo de Jack, y Jack no subió. En ese momento Mamie se giró en el escalón y los tres permanecieron así durante un segundo o dos. Entonces, la joven gritó —en una ocasión oí a un hombre gritar de esa manera, cuando una grúa de vapor le arrancó un brazo de cuajo— y se derrumbó y quedó hecha un ovillo sobre la pequeña terraza.


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