La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Después la luna asomó de repente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma con su resplandor e iluminando todas las rocas y lomas cubiertas de hierba que había bajo nosotros hasta allí donde empezaban las tranquilas e inmóviles aguas. Mi amigo encendió su pipa y se dedicó a contemplar un punto de la ladera. Sabía qué estaba mirando, y llevaba mucho tiempo preguntándome si llegaría a ver algo que atrajera su atención. Conocía muy bien ese lugar. Estaba claro que por fin le interesaba, aunque pasó un buen rato antes de que hablara. Mi amigo tiene una gran confianza en sus ojos, como le ocurre a la mayoría de los pintores, igual que un león confía en su fortaleza y un ciervo en su velocidad, y el hecho de no poder reconciliar lo que ve con lo que cree que debería ver siempre le pone nervioso.
—Es extraño —dijo—. ¿Ves ese montículo que hay a este lado del peñasco?
—Sí —dije yo, y adiviné lo que vendría a continuación.
—Parece una tumba —observó Holger.
—Cierto. Parece una tumba.