La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes

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»Antonio fue a cumplir con su labor, que consiste principalmente en sentarse del lado de la torre donde hay sombra, cuando no está encaramado a una roca con una caña de pescar sin hacer ni una sola captura. Pero aquel día fue por dos veces al montículo para examinarlo a la luz del sol, y buscó a su alrededor para ver si había algún agujero por el que la criatura pudiese entrar y salir; pero no encontró ninguno. Cuando el sol empezó a hundirse en el horizonte y el aire se fue enfriando en las sombras, acudió a la casa del viejo sacerdote llevando consigo una cestita de mimbre; y dentro de ella colocaron una botella con agua bendita, la patena, el hisopo y la estola que necesitaría el sacerdote; y fueron por el sendero y esperaron en la puerta de la torre a que oscureciese. Pero mientras aún había luz, aunque muy débil y gris, vieron moverse algo: dos siluetas, un hombre que caminaba y una mujer que parecía deslizarse junto a él, y la mujer le besó la garganta mientras apoyaba su cabeza en el hombro de él. El sacerdote también me ha contado eso, y el que le castañetearon los dientes y que cogió a Antonio por el brazo. La visión pasó ante ellos y desapareció entre las sombras. Antonio cogió el frasco de cuero lleno de licor que guardaba para las grandes ocasiones y se tomó tal dosis que el anciano casi volvió a sentirse joven; y agarró su linterna, su pico y su pala, y le dio al sacerdote la estola para que se la pusiera y el agua bendita para que la llevara, y fueron juntos hacia el lugar donde tenían que hacer lo que les había traído hasta allí. Antonio dice que le temblaron las rodillas, a pesar del ron, y el sacerdote vaciló en el recitado de sus latines, pues cuando estaban a pocos metros del montículo la parpadeante luz de la linterna cayó sobre el pálido rostro de Angelo, inconsciente o sumido en un profundo sueño, y sobre su garganta y el hilillo de sangre que se deslizaba a lo largo de ella metiéndosele por el cuello de la camisa; y la parpadeante luz de la linterna cayó sobre otro rostro que se apartó del banquete, sobre dos ojos profundos y muertos que veían pese a la muerte, sobre unos labios entreabiertos más rojos que la mismísima vida, sobre dos dientes relucientes en los que brillaba una gota roja… Entonces el sacerdote cerró los ojos y echó una rociada de agua bendita ante él, y su voz cascada se alzó hasta convertirse casi en un grito; y Antonio, que después de todo no es ningún cobarde, alzó su pico en una mano y la linterna en la otra y saltó hacia delante, no sabiendo en qué podría terminar todo aquello; y jura que entonces oyó un grito de mujer, y un instante después la Cosa había desaparecido y Angelo estaba solo sobre el montículo, inconsciente, con el hilo rojo en su garganta y las cuentas del sudor que acompaña a la agonía encima de su fría frente. Le cogieron en brazos y le depositaron en el suelo, cerca del montículo; después Antonio se puso a trabajar y el sacerdote le ayudó, aunque era viejo y no podía hacer gran cosa; y cavaron hasta una gran profundidad, y por fin Antonio, de pie dentro de la tumba, se inclinó con su linterna para ver si había algo en ella.


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