La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes »Antes tenía el cabello de un castaño oscuro, con algunas mechas canosas en las sienes; en menos de un mes a partir de ese día lo tuvo tan gris como el pelo de un tejón. De joven había sido minero, y la mayoría de esas gentes han contemplado algún que otro espectáculo horrible cuando ha habido accidentes, pero nunca había visto lo que vio esa noche… esa Cosa que no está ni viva ni muerta, esa Cosa que no puede morar ni en la tumba ni encima del suelo. Antonio trajo consigo algo en lo que el sacerdote no se había fijado. Lo había fabricado esa misma tarde: era una estaca muy afilada hecha con un viejo trozo de madera muy dura que el mar había depositado en la arena. Ahora lo tenía consigo, y tenía también su pesado y robusto pico, y se había llevado la linterna al fondo de la tumba. No creo que ningún poder de la tierra pueda hacerle hablar de lo que ocurrió entonces, y el viejo sacerdote estaba demasiado asustado para mirar hacia el interior de la tumba. Dice haber oído que Antonio empezó a respirar tan deprisa como una bestia salvaje, y que se movía como si estuviera luchando con algo casi tan fuerte como él mismo; y dice que también oyó un sonido terrible acompañado de golpes, como si algo fuera introducido violentamente a través de la carne y el hueso; y después oyó el sonido más horrible de todos… el chillido de una mujer, el grito ultraterreno de una mujer que no estaba ni viva ni muerta, pero que llevaba muchos días enterrada. Y el pobre y viejo sacerdote no pudo hacer nada salvo mecerse de un lado para otro arrodillado en la arena, gritando en voz alta sus plegarias y exorcismos para ahogar aquellos sonidos horrendos. Una pequeña caja con refuerzos de hierro salió disparada repentinamente hacia arriba y rodó por el suelo hasta chocar con la rodilla del anciano, y un instante después Antonio estaba junto a él, con el rostro tan blanco como el sebo a la parpadeante luz de la linterna, moviendo la pala con furiosa premura para llenar la tumba de arena y guijarros, y mirando por encima del borde hasta que el agujero estuvo medio colmado; y el sacerdote dijo que en las manos y la ropa de Antonio había mucha sangre fresca.