La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Sin lugar a dudas, en la esquina del callejón, y en la esquina de la calle, y en Belgrave Square, podía ver al pequeño espectro corriendo delante de él. En ocasiones era sólo una sombra, cuando había otras luces, pero en ese momento el brillo de las farolas se reflejaba con un halo verde pálido sobre su pequeño vestido de seda de cuello alto y, en otras ocasiones, cuando las calles estaban oscuras y silenciosas, toda la figura brillaba intensamente, con sus rubios rizos y cuello rosado. Parecía trotar como una niña pequeña y el señor Puckler casi podía oír el repiqueteo de las diminutas zapatillas de piel sobre el empedrado. Pero iba demasiado rápido y el hombre apenas podía seguirla, a pesar de que corría con el sombrero caído hacia atrás, el ralo pelo ondeando en la brisa nocturna y las gafas de montura de concha firmemente colocadas sobre su ancha nariz.
Y siguió avanzando sin tener ni idea de dónde estaba. Tampoco es que le preocupara, pues sabía con total certeza que iba por el camino correcto.
Entonces, por fin, en una calle ancha y tranquila llegó hasta una puerta grande y de aspecto sobrio con dos faroles a ambos lados y una campana de bronce pulido, la cual tocó.