La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes A mi izquierda en la mesa estaba sentada una encantadora joven cuyo nombre había olvidado, aunque la conocía de hacía tiempo, y me dio la impresión de que parecía un tanto decepcionada cuando vio que era yo su vecino de mesa. A mi derecha había un sitio vacío, y más allá se sentaba una anciana de facciones tan duras como los diamantes abrumadoramente espléndidos que la adornaban. Sus ojos me recordaron a canicas de cristal gris pegadas a una máscara de piedra. Era extraño que se me hubiera olvidado también su nombre, porque habíamos coincidido con frecuencia.
La mesa parecía irregular, y conté los comensales instintivamente, mientras tomaba la sopa. Sólo éramos doce, pero la silla vacía junto a mí era el décimo tercer asiento.
Supongo que no fue muy afortunado mi comentario, pero quería hablar con la bella joven sentada a mi izquierda, y no se me ocurrió ningún otro tema común al que recurrir. Justo cuando iba a hablar, recordé quién era la joven.
—Señorita Lorna —dije para atraer su atención, porque ella estaba mirando en ese momento en dirección a la puerta—. Espero que no sea usted supersticiosa por ser trece comensales a la mesa, ¿o sí?
—Sólo somos doce —respondió ella con la voz más dulce del mundo.