La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes —Nunca tendré treinta años —respondió la señorita Lorna, con un gesto tan extraño de convencimiento que no se me ocurrió nada que responder—. Además, la vida no está formada por los años, o los meses o las horas, ni nada que tenga que ver con el tiempo —continuó—. Usted deberÃa saberlo. Nuestros cuerpos son algo mejor que meros relojes a los que se les da cuerda para mostrar lo viejos que somos en cada momento, mientras contamos las canas de nuestra cabeza y los dientes que se nos caen y observamos nuestros rostros que van llenándose de arrugas y se tornan macilentos, o abotargados y enrojecidos. Mire su propio retrato allÃ. No tengo ningún reparo en decir que usted debÃa tener unos veinte años menos cuando fue pintado, pero estoy segura de que es exactamente el mismo hombre hoy en dÃa, mejorado por la edad, tal vez.
Escuché el dulce y leve eco de una risa que parecÃa provenir de muy lejos, y de hecho no habrÃa jurado que procedÃa de los bellos labios de la señorita Lorna, porque aunque estaban entreabiertos y sonrientes, no tuve la impresión de que vibrasen, ni tan siquiera levemente, como lo hacen los labios de algunas mujeres al reÃr.
—Gracias por pensar que he mejorado —dije—. Yo a usted la encuentro un poco cambiada también. Estaba a punto de comentarle que la veo más triste, pero justo entonces se ha reÃdo.