La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes De nuevo, mientras me miraba, escuché aquella risa cristalina lejana, dulce y queda… Yo estaba demasiado sorprendido por lo que me habÃa confiado como para notar lo inmóviles que permanecieron sus labios entreabiertos, pero ahora me viene la imagen, junto a otros muchos detalles.
—Mi estimada señorita Lorna —dije—, piense en sus padres antes de dar este paso.
—He pensado en ellos —respondió—. Por supuesto, jamás darÃan su consentimiento, y siento mucho tener que abandonarles, pero no puedo evitarlo.
En ese instante, como pasa con frecuencia cuando dos personas hablan en voz baja en una gran mesa, se hizo un silencio momentáneo en la conversación general y pude ahorrarme el esfuerzo de responder a lo que me acababa de decir la señorita Lorna de forma tan inesperada y con una confianza ciega en mi discreción.
En cualquier caso, debo decir que la joven probablemente no habrÃa escuchado mis palabras, ya fueran de simpatÃa o de protesta, porque súbitamente su rostro perdió todo el color y sus ojos se abrieron desorbitados y oscuros. El silencio en la conversación de los comensales fue ocasionado por la aparición del hombre que debÃa ocupar el asiento vacÃo junto a mÃ.