El último secreto
El último secreto Langdon la miró fascinado, pero también aterrado por las implicaciones. Finch, en cambio, vio una oportunidad. Si los humanos podían expandir su conciencia, también podían ser controlados .
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, el Gólem observaba las luces del Castillo desde un tejado. Su vara metálica vibraba débilmente: el Éter se agitaba. Sabía que Q y el Proyecto Adán eran reflejos del mismo pecado. Y que Katherine, sin saberlo, estaba en el centro de ambos. “Ella abrió la puerta”, pensó. “Y ahora todos queremos mirar adentro.”
Katherine, ajena a la magnitud del peligro, continuó explicando: —El propósito de la ciencia noética no es dominar la mente… es liberarla. Pero alguien quiere destruir mi trabajo.
Langdon comprendió entonces la verdad aterradora: su libro no solo amenazaba a intereses políticos y religiosos, sino que desafiaba la idea misma de lo que significa ser humano.
Esa noche, mientras la nieve caía sobre los vitrales del casco viejo, las líneas entre ciencia, fe y locura comenzaron a borrarse. El código de la conciencia había sido revelado… y ya nadie podría volver a cerrarlo.