El último secreto
El último secreto Entre los restos del laboratorio, una sombra se levantó tambaleante: el Gólem. Su cuerpo estaba cubierto de hollín, su máscara partida. —Fallé… —dijo con voz quebrada—. Intenté destruirlo, pero ya no se puede detener. Cayó de rodillas frente a ellos, la vara metálica aún en su mano. —El Éter ha despertado. Está en todos nosotros.
Langdon y Katherine intercambiaron una mirada de terror. —¿Qué significa eso? —preguntó él. —Que las barreras se rompieron —respondió el Gólem—. Las mentes que murieron aquí ya no están confinadas. Flotan… buscando anclarse. Se llevó una mano al pecho. —Yo la siento dentro de mí —susurró—. Brigita… ella no se fue.
Katherine se acercó con cautela. —¿La conciencia de Gessner está en ti? —No solo ella —dijo el Gólem—. También las otras. Las que cruzaron y regresaron incompletas.
De pronto, un sonido profundo llenó la cámara. Era un canto sin voz, un murmullo que parecía surgir del suelo. En las paredes comenzaron a brillar inscripciones hebreas que Langdon reconoció al instante: versículos del Zohar , el texto místico de la Cábala. “ Cuando las almas son liberadas sin juicio, el mundo tiembla ”, tradujo en voz baja. El juicio del alma había comenzado.