El último secreto
El último secreto Antes de desaparecer, dejó su sentencia: —La muerte no es el fin. He muerto muchas veces.
El dolor la envolvió una última vez. Gessner sintió que su conciencia se desprendía definitivamente del cuerpo. La gravedad pareció invertirse, arrastrándola hacia la luz, mientras la ciudad quedaba abajo, hundida en sombras. Su último pensamiento fue una súplica: “Tengo que advertirles…”
Pero ya era tarde. La mujer que había querido medir el alma acababa de perder la suya.
El amanecer bañaba de oro los tejados de Praga cuando Robert Langdon abrió los ojos. En la penumbra de la suite del Four Seasons, escuchó los compases suaves de Morning Mood y por un instante no recordó dónde estaba. Luego, la memoria volvió con un destello: el viaje, la conferencia, y la mujer que dormía junto a él.
Katherine Solomon respiraba tranquila, envuelta en la sábana blanca, con una serenidad que contrastaba con la tormenta que agitaba su mente. Langdon sonrió. Aquella brillante científica —exprofesora de Princeton, ahora convertida en estrella de la comunidad noética— había conquistado a la ciudad la noche anterior con su conferencia sobre la conciencia humana. Y también lo había conquistado a él.
