El último secreto
El último secreto Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, una figura avanzaba tambaleante por los callejones del casco antiguo. Llevaba una capa negra arrastrando sobre la nieve y una máscara de arcilla cuarteada en el rostro. En su frente brillaban las mismas tres letras: EMET .
El Gólem.
Su respiración era áspera, casi animal. En una mano sostenía una varilla metálica con la que frotaba su cabeza de barro, como si con eso mantuviera su forma unida. Era una sombra salida del folclore, pero respiraba, pensaba… y tenía una misión.
“El Éter se está reuniendo”, murmuró. “Debo llegar antes de que lo liberen.”
El monstruo recordaba las palabras de la mujer moribunda, la doctora Gessner, y lo que ella le había confesado: un experimento prohibido, oculto bajo la ciudad. Una casa de los horrores donde se había intentado crear un puente entre la mente humana y una conciencia colectiva. “Han jugado a ser dioses”, pensó el Gólem. “Y alguien debe detenerlos.”
A kilómetros de allí, Langdon atravesaba el puente mientras los primeros rayos del sol teñían de ámbar las torres. No sabía que, bajo sus pies, entre los túneles medievales y las catacumbas de Praga, algo se movía. Algo antiguo. Algo que acababa de despertar.
