Ilión
Ilión Odiseo lo agarra del brazo, sus ojos ardiendo con determinación. —Lo que hay al otro lado puede cambiarlo todo. No vine hasta aquí para morir como un cobarde.
Con el corazón latiendo con fuerza, Hockenberry se deja arrastrar. A medida que avanzan sobre el puente, las explosiones sacuden el terreno, y trozos de roca se desprenden a sus pies. Pero lo que les espera al otro lado los deja sin aliento.
En un enorme cráter, rodeado por columnas de luz, se encuentra una estructura que parece desafiar toda lógica. Es un artefacto antiguo, pero a la vez lleno de vida, pulsando con un poder que Hockenberry solo puede describir como divino.
—El Arca —susurra Odiseo, sus ojos llenos de asombro.
Antes de que puedan acercarse, una figura emerge de la luz. Es Atenea, pero no como Hockenberry la recuerda. Su cuerpo está cubierto de placas metálicas que brillan con una energía inquietante, y sus ojos, fríos y artificiales, parecen perforar el alma.
—Bienvenidos —dice, su voz resonando como un eco mecánico—. Han llegado justo a tiempo para presenciar el nacimiento de una nueva era.
Hockenberry, paralizado por el terror, comprende que Atenea no es ni una diosa ni una máquina: es algo mucho peor.