Ilión
Ilión Las órdenes son claras: bajar a las llanuras de Ílion, documentar cada movimiento de los aqueos y los troyanos, y regresar al Olimpo sin preguntas. Pero el aire de Marte huele diferente hoy, como si algo en el mundo estuviera a punto de cambiar.
Cuando Hockenberry desciende por los interminables escalones que conectan el Olimpo con las planicies, la magnitud de la guerra lo golpea como siempre: miles de tiendas griegas esparcidas como un océano de parches de cuero, las murallas de Troya iluminadas por antorchas que danzan en la oscuridad. Pero lo que verdaderamente lo sobrecoge no es el espectáculo humano, sino la presencia divina. Los dioses están aquí, caminando entre los hombres como si no fueran más que actores en su gran obra. Apolo con su arco brillante, Ares entre risas salvajes, y Atenea, silenciosa, con sus ojos que atraviesan las almas.
Esa noche, al observar desde las sombras cómo Agamenón y Aquiles discuten, algo en Hockenberry cambia. No puede soportar más ser solo un testigo. Las palabras de los dioses resuenan en su mente: —Observa, pero no actúes. Vive, pero no cuestiones.
Sin embargo, su instinto le dice lo contrario. ¿Qué sentido tiene su existencia si no puede cambiar nada? ¿Si no puede desafiar el destino que otros han escrito para él?
