Fuerzas irresistibles
Fuerzas irresistibles —Mejor de lo que esperábamos, pero tenemos que ser pacientes —respondió él, colocándose junto a la cama—. ¿Sabes? Esta niña es una luchadora. Ha pasado por más en un día de lo que muchos enfrentan en toda su vida.
Henrietta lo miró, intentando encontrar las palabras. Finalmente dijo: —Gracias, doctor. Por todo.
Whitman asintió, dejando que un leve atisbo de sonrisa cruzara su rostro. Luego volvió a enfocarse en Dinella, observando el monitor que marcaba sus latidos.
Fuera del hospital, la vida seguía avanzando con su ritmo caótico. Las tensiones en Harlem no disminuían, y las calles eran un hervidero de resentimiento y miedo. Pero en esa pequeña habitación, había un silencio frágil, como si todo el mundo hubiera detenido su marcha, esperando a que una niña pequeña abriera los ojos.
El día amaneció gris, y una lluvia ligera tamborileaba contra las ventanas del hospital. Dentro, los monitores que rodeaban a Dinella emitían un ritmo constante, como un metrónomo que marcaba el pulso de la esperanza. Henrietta no había dormido, pero el cansancio se había convertido en una sombra lejana. Su atención estaba clavada en su hija, susurrándole palabras que tal vez la niña no podía escuchar, pero que Henrietta necesitaba decir.