La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo DE NUEVO EN NICARAGUA, reanudé mis amores con la que una vez llamé garza morena. Era presidente de la República el general JoaquÃn Zabala, granadino, conservador, gentilhombre, excelente sujeto para el gobierno y de seguros prestigios. Se me consiguió un empleo en la secretarÃa presidencial. Escribà en periódicos semioficiales versos y cuentos y uno que otro artÃculo polÃtico. Siempre lleno de ilusiones amorosas, mi encanto era irme a la orilla del lago por las noches llenas de insinuante tibieza. Me acostaba en el muelle de madera. Miraba las estrellas prodigiosas, oÃa el chapoteo de las aguas agitadas. Pensaba. Soñaba. ¡Oh, sueños dulces de la juventud primaveral! Revelaciones súbitas de algo que está en el misterio de los corazones y en la reconditez de nuestras mentes; conversación con las cosas en un lenguaje sin fórmula, vibraciones inesperadas de nuestras Ãntimas fibras y ese reconcentrar por voluntad, por instinto, por influencia divina en la mujer, en esa misteriosa encarnación que es la mujer, todo el cielo y toda la tierra. Naturalmente, en aquellas mis solitarias horas brotaban prosas y versos y la erótica hoguera iba en aumento. HacÃa viajes a veces a Momotombo, el puerto del lago. Admiraba los pájaros de las islas. En ocasiones cazaba cocodrilos con winchester, en compañÃa de un rico y elegante amigo llamado LisÃmaco Lacayo. Mi trabajo en la secretarÃa del presidente, bajo la dirección de un Ãntimo amigo, escritor, que tuvo después un trágico fin en Costa Rica —Pedro Ortiz— me daba lo suficiente para vivir con cierta comodidad.
